LA EFUSIÓN DEL ESPÍRITU

¿Qué es la efusión del Espíritu?

Charles-Eric HAUGUEL

Gracias al Bautismo, muriendo y resucitando con Cristo, llegamos a ser hijos de Dios, marcados por el sello del Espíritu y llamados a compartir la vida divina. Por la Confirmación, recibimos los dones del Espíritu Santo para crecer en esta vida divina, hacernos semejantes a Cristo y ser enviados al servicio del Evangelio, dentro de la Iglesia.

La efusión del Espíritu no es un nuevo sacramento. Si algunos hablan de "bautismo en el Espíritu" la expresión es impropia, porque se presta a confusión. Podría hacemos creer que se trata de otro bautismo y que, en consecuencia, el Bautismo propiamente dicho, había sido insuficiente. Nada de esto. La efusión en el Espíritu no es mas que un rito antiguo de la Iglesia primitiva descubierto recientemente. La efusión del Espíritu supone una doble puesta en marcha, personal y comunitaria, para que el Espíritu actúe libremente en nosotros, renovando, profundizando y actualizando de nuevo la gracia del Bautismo y la Confirmación.

UNA DECISION PERSONAL

Al recibir el Bautismo, nos convertimos en criaturas nuevas, revestidas de Cristo, tanto que podemos decir como San Pablo: "No soy yo quién vive, es Cristo que vive en mí" (Ga 2,20). Pero es necesario que llevemos a la práctica, a la hora del hacer, lo que ya somos en virtud del ser. En esto consiste la conversión a la que somos llamados en nuestra vida cristiana.

Una comparación puede ayudarnos a comprenderlo. En el Bautismo y la Confirmación hemos recibido un regalo maravilloso. Pero no es suficiente, es preciso abrirlo para descubrirlo y aprovecharnos plenamente de él. La efusión del Espíritu nos ayuda a desenvolver el "paquete" de las gracias recibidas por esos dos sacramentos, renovando así nuestra vida espiritual.

Esta claro que para este crecimiento es para lo que se pide la Efusión del Espíritu. Porque hemos tomado conciencia de nuestra debilidad y de nuestra impotencia para vivir solos este camino de conversión y santificación, y porque hemos comprendido que la perfección no se consigue a fuerza de puños ni de voluntad: "sin mi no podéis hacer nada" (Jn 15,5).

Pedir la efusión del Espíritu es en principio un acto de fe. Una entrega de sí, un deseo de conformidad con Cristo y de apertura a los carismas. Es esencialmente un acto de fe en el poder del Espíritu Santo y un deseo de dejarnos animar por él: "estos son los hijos de Dios, los que son conducidos por el Espíritu de Dios" (Rm 8,13 14).

Es también una renuncia al voluntarismo personal para entregarnos al Espíritu Santo, principal artista de la santificación del hombre. Esta actitud de abandono no supone ninguna forma de pasividad o quietismo porque la fe en el poder del Espíritu Santo, no suprime la necesidad del esfuerzo personal de toda conversión. Esa fe la acompaña y la permite.

La oración para la efusión del Espíritu Santo expresa igualmente una voluntad de pertenecer más totalmente a Dios, de entregamos enteramente a su Espíritu Santo para que nos libere de todo lo que en nosotros es obstáculo para su acción, que Él rompa nuestro orgullo, nuestro respeto humano, nuestro egoísmo, nuestro miedo, nuestra indiferencia y que actúe de ahora en adelante en nosotros con mayor libertad y poder.

La oración para recibir el Espíritu manifiesta también nuestro deseo de ser más y más conformes a la imagen del Hombre Nuevo, Jesucristo, más y más hijos del Padre, más y más testigos ante los hombres del amor trinitario mediante el ejercicio de la caridad fraterna.

Por último, ella permite al Espíritu Santo manifestar su presencia de una manera nueva para su gloria y para la edificación de la Iglesia, renovando sus dones y extendiendo sus carismas que tienen, como fin, el crecimiento de la Iglesia y la salvación del mundo.

UNA DECISION COMUNITARIA

La efusión del Espíritu es también una decisión comunitaria. Los miembros del grupo de oración acompañan con su intercesión a los que piden vivir esta experiencia. La oración por la que la comunidad acoge esta petición se acompaña habitualmente del gesto de la imposición de manos. Este gesto no es un rito sacramental como en el sacramento de la Confirmación o el del Orden y aún menos un gesto mágico por el que se transmite el Espíritu Santo. Es sólo un gesto que expresa sencillamente la unidad y la comunión de los que se unen en oración a los que expresan al Señor su consentimiento para que el Espíritu Santo actúe en ellos.

Por otra parte, si se pide esta gracia de la efusión del Espíritu, es para ser, para convertirse, en "piedra viva" de este edificio espiritual que es la Iglesia; para convertirse en un miembro vivo del cuerpo de Cristo: "vosotros como piedras vivas entregaos para la edificación de un edificio espiritual..." (1P. 2,5).

Esta doble decisión, personal y comunitaria, se unen para pedir una intervención específica del Espíritu Santo en la vida de aquel que pide la efusión. Una decisión que tiene por fin permitir que el Espíritu Santo recibido plenamente en el Bautismo y en la Comunión puedan realizar los efectos de estos dos sacramentos. Y es que estos efectos no actúan automáticamente. Exigen la adhesión de nuestra voluntad y la perseverancia de nuestros esfuerzos para llegar a ser aquello a lo que estamos llamados a ser: "Así como el que os ha llamado es santo, así también, vosotros sed santos en toda vuestra conducta, como dice la Escritura: seréis santos, porque santo soy yo" (1P. 1,15 16).

Con frecuencia esta agua viva que es el Espíritu Santo, está en nosotros como una fuente estancada. Uno de los medios para abrir esta fuente, para quitar los obstáculos que impiden saltar el agua, es pedir esta gracia de la efusión del Espíritu, en el seno de una comunidad de amor, fe y oración. No se trata de una efusión que viene de fuera sino de algo que estalla dentro. Este brotar de "ríos de Agua Viva" es obra del Espíritu que despierta en el corazón de los cristianos tibios, las energías adormecidas y suscita el ejercicio de carismas apagados. Para unos, supone una verdadera conversión; para otros es salir de la tibieza espiritual; para otros finalmente, supone la señal de una nueva etapa, un progreso en ellos de la vida del Espíritu.

LOS EFECTOS DE LA EFUSIÓN DEL ESPÍRITU

Son numerosos y multiformes: el redescubrimiento de la alabanza, de la escucha de la palabra, del ejercicio de los carismas, de la evangelización. La primera consecuencia de la efusión del Espíritu, es un crecimiento de la vida de oración. Gracias a un mejor ejercicio de las virtudes teologales, de fe, esperanza y caridad, se descubre o se vuelve a descubrir la presencia de Dios y su amor. Esto provoca el establecimiento o la reanudación, de la vida de oración personal que permite mayor percepción y compresión del misterio trinitario: el Espíritu Santo, el Espíritu del Padre y del Hijo, nos hace amar y conocer mejor a uno y a otro. En el Espíritu Santo se busca vivir por Jesús, con Jesús y en Jesús para vivir en una pertenencia, en una identificación más total con é1, como hijos adoptivos del Padre. "La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abba, padre! (Gal 4,6).

AMOR FRATERNO

Al permitimos descubrir ese amor que es la vida misma de la Trinidad, el Espíritu Santo nos enseña a vivir un verdadero amor fraternal, que es a la vez el testimonio y la prueba del auténtico amor a Dios. El ejercicio de este amor fraterno dentro de la comunión eclesial, nos enseña a amar como Jesús nos ama y nos da la alegría de ser hermanos y hermanas en él, para formar su Cuerpo que es la Iglesia. Este amor fraterno, don de Dios, nos abre a todos, sin distinción de razas, de clases o edades y nos lleva al servicio de unos a otros: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado así también os améis vosotros los unos a los otros. En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros" (Jn 13, 34 35).

De este modo los grupos de oración se convierten en verdaderas comunidades de oración, de fe, de esperanza y amor. Las personas, las parejas, las familias... vuelven a encontrar la fuerza de perdonarse como Jesús nos ha perdonado, de reconciliarse como Jesús nos ha reconciliado con Dios y de dejar que la gracia cure, poco a poco, las heridas del pasado. Algunos grupos de oración se deciden a veces por un compromiso aún más radical al servicio de Dios y de los hombres, y experimentan así una nueva forma de vida comunitaria dentro de la Iglesia. Las parroquias también se renuevan.

DESCUBRIR DE NUEVO LA IGLESIA

El Espíritu Santo no es un Espíritu de división sino al contrario de comunión, él suscita en nosotros un nuevo descubrimiento de la Iglesia, como misterio de comunión con Dios y también como institución jerárquicamente organizada. Al descubrir, así, que la Iglesia es a la vez carismática e institucional, ya no se la juzga exteriormente, al comprobar que ella es ante todo el Cuerpo de Cristo, sacramento de su presencia en el mundo, y que la jerarquía es un servicio para el crecimiento de esa presencia en el amor. Por el Espíritu Santo se nos da un amor más grande a la Iglesia, una atención y una docilidad mayor a su enseñanza, una participación más asidua en la liturgia y en los sacramentos y una devoción más auténtica a María. Lejos de apartamos de la Iglesia, uno de los frutos de la efusión del Espíritu es acercamos a ella, dándonos una mayor comprensión de su misterio profundo.

LIBERACION Y CURACIÓN

Al recibir la efusión del Espíritu puede hacerse la experiencia de una liberación. En efecto, una conciencia más viva de la presencia de Dios y la entrega total de nuestro ser a la acción transformadora del Espíritu, producen en nosotros la liberación de cierta forma de esclavitud interior: vicios, violencia, alcoholismo, droga, sexualidad desordenada, celos, egoísmo, superstición... Y la desaparición progresiva de ciertos bloqueos psicológicos: ansiedades, angustias, escrúpulos, inhibiciones, complejos, heridas. Se producen así verdaderas curaciones interiores e incluso físicas.

La paz y la alegría invaden, progresivamente, todo nuestro ser. Se comprueba algo importante: que la efusión del Espíritu no es una emoción sentimental o una evasión de las realidades de la vida. La efusión nos ayuda a cambiar nuestra vida, abandonando poco a poco actitudes y costumbres que no están de acuerdo con el plan de Dios sobre nosotros. Estos signos acompañan y confirman el anuncio de la Buena Nueva.

CRECIMIENTO DE LOS FRUTOS DEL ESPÍRITU

Esta libertad espiritual, esta liberación de nuestras servidumbres, se acompaña del crecimiento de frutos espirituales: "En cambio el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; contra tales cosas no hay ley" (Gal.5 ,22 23). Este crecimiento de los frutos del Espíritu en nosotros es también la manifestación del crecimiento del Hombre Nuevo.

Por la acción del Espíritu, por el enriquecimiento de nuestra vida teologal, por el encuentro más continuo con el Señor en la oración, la Escritura y los sacramentos, permanecemos en Dios y Dios permanece en nosotros; llevamos frutos y frutos que duran en abundancia: "Yo soy la vid; vosotros los sarmientos, el que permanece en mi y yo en él, ese da mucho fruto; porque separados de mí no podéis hacer nada. " (Jn 15,5).

Charles-Eric Hauguel, es autor de uno de
los libros, más conocidos, para participantes
de los Seminarios de Vida en el Espíritu de la
R.C.C.
("Nuevo Pentecostés, nº83)